Textos y contextos

El escritor al que no le importaba reírse: La ley de Herodes, de Jorge Ibargüengoitia.

Jorge Ibargüengoitia fue un escritor guanajuatense, nacido en 1928. Es considerado uno de los escritores más emblemáticos de la literatura no sólo mexicana, sino latinoamericana. Este escritor cultivó diferentes géneros narrativos —entre ellos la novela, el cuento, el teatro, entre otros— y se dedicó también un tiempo a la docencia.

Ibargüengoitia estudió en la Facultad de Ingeniería de la UNAM. Comenzó sus estudios en esta área por deseo de su madre y de sus tías. Él comentaba en diferentes entrevistas que las mujeres de su casa soñaban con que fuera un prestigioso ingeniero, para que llevara dinero a casa. Lo intentó durante una temporada (dos años) pero no se sintió jamás entusiasmado con la ingeniería. A mitad de la carrera la abandonó definitivamente para dedicarse de lleno a la literatura. Ibargüengoitia mencionaba que, aunque al inicio tanto su madre como sus tías se molestaron, con el tiempo terminaron resignándose.

Poco tiempo después, el escritor de Guanajuato decidió inscribirse en la Facultad de Filosofía y Letras, también en la UNAM, con la finalidad de volcarse en la dramaturgia. Ahí conoció al escritor Rodolfo Usigli*, con quien trabó amistad. Posteriormente Usigli le dejaría la clase que impartía a Jorge Ibargüengoitia. A partir de este momento Ibargüengoitia comenzaría a escribir con mayor fervor y éxito.

Ibargüengoitia cultivó diferentes géneros y en todos tuvo éxito rotundo. Fue un escritor mordaz, agudo, sumamente crítico y divertido. Sin embargo, a pesar de que el humor trasluce en cada uno de sus libros, a él no le gustaba que lo «redujeran» al humorismo, pues consideraba que en realidad no era ésta la verdadera intención de su obra, sino más bien mostrar la realidad sin filtros.

El escritor vivió una temporada en París, junto con su esposa Joy Laville. En aquella época trabajaba en una novela. Sin embargo, lo invitaron a un congreso de literatura en Colombia. Según cuentan algunos biografos, al inicio Ibargüengoitia se negó a ir; pero, a última hora, prefirió acudir al congreso y tomó el vuelo para el congreso literario. El avión se estrelló cerca del Aeropuerto de Madrid-Barajas en 1983, todos los tripulantes murieron.*

En cada una de sus obras, el autor guanajuatense se lanza a la tarea de desmitificar los grandes mitos nacionales. Héroes y hazañas históricas conviven por igual en el mismo territorio en que con sorna y crítica se hunde la pluma para destruir esas «grandes verdades» vertidas en los libros de historia gratuitos.

La forma en que Ibargüengoitia construye un puente —posiblemente el único que le interesó construir  a este voluntariamente fallido ingeniero— entre la realidad y su estilo es a través del humorismo. Pero, y aquí merece la pena ser muy precisos, el humor en Ibargüengoitia no es simplemente un recurso literario del cual se vale el escritor para nutrir alguna trama o enriquecer el carácter de alguno de sus personajes. No. El humor en este autor más bien se advierte en la compleja mirada que trasmuta la realidad —la verdadera siempre antes que la representada— en su mundo literario. En cada una de sus obras, el autor de Los relámpagos de agosto vuelve a los sitios —también a las anécdotas y personas— que forman parte de sus paisajes vitales, pero esta vez los examina y, de ser necesario, los desdibuja con el afán desesperado de explicarse a sí mismo la razón por la cual el destino obró, o no, de tal manera. Él mismo lo declaró en varias ocasiones: en realidad, a él no le interesaba hacer reír a la gente. Y, aunque resulta imposible creer en esto, al menos podemos constatar, a través de su escritura que, posiblemente, la carcajada que nos provoca su obra se debe en gran medida a la sinceridad y fidelidad con las que apreció y retrató la vida: plagada de pequeños accidentes cómicos, trágicos, absurdos y no pocas veces desopilantes.

Una de las obras en las que mejor se aprecian los talentos —que no fueron pocos— de la prosa de Jorge Ibargüengoitia es en ese libro de cuentos que lleva por nombre La ley de Herodes.

Esta obra atraviesa por uno de los territorios que fue blanco de su mordaz e irónica escritura: el de la autobiografía. Así mismo, en La ley de Herodes nos hallamos con «un desenfado, una soltura de cuerpo, una risa insolente, que vuelven el texto más cercano a nosotros».

En este libro, las «buenas costumbres» —típicas de aquellos idílicos «buenos hogares mexicanos», que tampoco escaparon al sarcasmo de Monsiváis— conviven armónicamente con las pasiones más salvajes, con el escarnio y con alguna que otra, en ocasiones piadosa, mentira.

Así, a lo largo de La ley de Herodes, vemos deambular en algunos de estos cuentos a mujeres entradas en años que no por eso han perdido algunos de sus encantos (como sucede con Doña Amalia, la prestamista de «Mis embargos» o con Pampa Hash y su particular y frondoso encanto). También vemos pasar de un cuento a otro a los amores imposibles a los que no les faltó otra cosa sino la obligada «sacralización» en el lecho (ver, por ejemplo, «La vela perpetua» o «¿Quién se lleva a Blanca?»). Y qué decir del narrador   —que en este caso no es sino el mismo autor— que pasa de vericueto en vericueto debido a su imposibilidad para pagar las deudas que la profesión literaria le acarrea. No menos importante es aquí es la mentira. En ese afán por querer estar siempre a la altura de las circunstancias, el narrador deberá recurrir al engaño, pero en ocasiones se olvida de aquella «justicia kármica» a partir de la cual todo lo que se hace, se regresa (por ejemplo, «Falta de espíritu scout» o «Cuento del canario, las pinzas y los tres muertos»).

 

Sin embargo, a pesar de la aguda, ácida y crítica burla que permea en cada una de las páginas de este libro, los cuentos de La ley de Herodes no están desprovistos de ápices de ternura, de amabilidad y de un profundo amor por lo humano. Posiblemente en la obra completa de Jorge Ibargüengoitia se advierte, mejor que en otras obras, un inmenso amor por lo humano al momento de que ni la desesperanza, la desventura, el fracaso o el ridículo le impiden a este autor dedicar algunas de sus mejores páginas a esos personajes tan extraordinariamente cotidianos.

A través de ese lenguaje ibargüengoitiano —que oscila habitualmente entre el lenguaje literario y el lenguaje periodístico—, en esta obra podemos apreciar «esa voz fascinante que nos hace adictos a su omnipotente capacidad de scherzo, de burla. Buscamos a la persona, queremos oírlo hablar, opinar, verlo observar indignado, y no nos cansamos de su humor, lucidez, sinceridad e infinita capacidad de sarcasmo».

Y en efecto, cómo podríamos cansarnos de ese humor que vuelve más llevaderas las no pocas contradicciones de la vida. Al final de cuentas, Jorge Ibargüengoitia fue siempre consciente de esto y no en vano eligió —y sintetizó literariamente en cada uno de estos cuentos— una de las máximas vitales expresadas a través de ese dicho típicamente mexicano: «La ley de Herodes: o te chingas o te jodes». Si no hay posibilidad de escapatoria, que al menos la risa involuntaria de Ibargüengoitia nos entretenga.

 

 

Breve glosario para enriquecer la lectura

*Rodolfo Usigli (1905- 1979) fue un dramaturgo, poeta y diplomático mexicano. Algunos críticos lo consideran el padre del teatro mexicano moderno. Comenzó sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música, pero poco después se sintió más interesado por el mundo del teatro. Estudió arte dramático en la universidad YALE y cuando regresó a México fundó el Teatro de Medianoche y participó constantemente en diferentes revistas literarias mexicanas. Entre sus obras destacan: El Gesticulador, Corona de fuego, El encuentro.

*Vuelo 11 de Avianca: En este vuelo murieron diferentes artistas e intelectuales. Entre ellos el novelista peruano Manuel Scorza, el matrimonio formado por el crítico literario uruguayo Ángel Rama y la crítica de arte argentina Marta Traba, también la pianista española Rosa Sabater.

Referencias

1. Así se expresaba Jorge Edwards a propósito de Los relámpagos de agosto. Cfr. Jorge Edwards, revista Vuelta, número 91.

2. Hugo Hiriart, «Ibargüengoitia», en Letras Libres (publicado 30 noviembre, 2008).

 

Agradecemos la aportación de este texto a su autora Amelia González: egresada de la carrera en Lengua y Literaturas Modernas italianas, UNAM. Apasionada del mundo de los libros. Traductora y revisora de textos, así como también profesora de italiano y de inglés. Apasionada, también, de la lectura de cualquier género literario.

Facebook: Amelia Montserrat Hernández González. Twitter: @AmeliaBacana. Mail: manzanamacondo@gmail.com