Textos y Contextos

Aquella voz apasionada

 

 

Hay escritores que, desde el inicio de su obra, nos atrapan; y hay también escritores que nos llegan hasta lo más profundo de las entrañas. Me parece que la autora de la que hablaremos hoy se encuentra más cercana a estos segundos escritores.

Me interesa hablar de Clarice Lispector. Esta escritora es una de las mayores representantes de la literatura brasileña del siglo XX. Nace en Ucrania, en una zona que solía llamarse Chechelnik, pero desde niña se transfiere con su familia a Rio de Janeiro. Al respecto de su infancia, Lispector mencionaba en alguno de sus relatos que, en realidad conservaba pocos recuerdos de sus raíces natales, pues al parecer Brasil y su colorido deslumbraron, al punto de opacar, aquel pasado del que provenía.

Clarice Lispector comienza a escribir desde muy joven. Se conservan algunos de los textos que escribió desde que era adolescente. Ya desde entonces —es fácil advertirlo al adentrarnos a su escritura— su obra comenzaba a dar cuenta de un ángulo de visión particular: el afán por retratar aquello denominado minúsculo, insignificante, azaroso. Desde sus inicios escriturales, Lispector se preocupó por recuperar esa zona que suele pasarse por alto. A ella le interesaban las historias mínimas, lo que vive lejano de los grandes relatos.

Poco tiempo después la escritora ingresa a la Facultad de Derecho en Brasil. Queriendo seguir cultivando la escritura, Lispector colaboraba en periódicos y revistas de la época. Poco tiempo después, a los 21 años, publica su primera novela: Cerca del corazón salvaje. En realidad, esta novela la habría escrito desde los 19 años; pero no fue sino hasta un par de años después que lograría publicarla. Así, con este libro Lispector ganaría el premio Graça Aranha por mejor obra publicada.

 

En aquellos años de juventud, la escritora Lispector conoció a su futuro marido: el diplomático Maury Gurgel Valente. Poco tiempo después se casarían. Esta relación fue significativa en la escritura de Lispector no solamente por lo que concierne al claro ámbito de lo emocional. El matrimonio con el diplomático Maury Gurgel y los constantes viajes a los que Clarice Lispector lo acompañaba la orillaron a desarrollar ese otro lado fundamental en su escritura y en su obra: las cartas. Y es que la autora fue una grandísima escritora de cartas. Comentan sus críticos que escribió miles de cartas dirigidas a sus amigos más cercanos y a sus hermanas. Hay una anécdota que merece la pena subrayar en este momento. Mencionan algunos de sus biógrafos que, al rastrear las cartas de Lispector, se pudieron dar cuenta —no sin un aire de cierta tristeza— que muchas de estas cartas no tuvieron respuesta. Al realizar un estudio detallado sobre la correspondencia de la autora a sus seres cercanos, pudieron comprobar que muchas veces Lispector escribía cartas sin siquiera obtener algún dato que confirmara la llegada de sus notas. Me interesa retomar la anécdota, porque considero que en ella podemos apreciar lo mucho que a Lispector le gustaba redactar cartas como tal, inclusive si no obtenía respuesta. Al parecer la escritura de estas misivas le permitía a ella misma comprender el territorio por el que su alma navegaba.[1]

La escritora tuvo dos hijos, Pedro y Paulo. A lo largo de todo su matrimonio, Lispector viajaría a distintos lugares del mundo en virtud del trabajo de su esposo. Sin embargo, como ella misma mencionaba en las cartas a las que hemos referido, estos constantes viajes y lo que implica moverse de un sitio al que apenas comienza a conocerse orillaron a la pareja hasta el divorcio. Es importante mencionar que, durante este periodo de separación, algunos de los grandes textos de Lispector se gestaron y se publicaron. Inclusive una traducción al francés de su primera novela saldría a la luz.

Finalmente, en 1959, luego de diferentes problemáticas, la pareja decide separarse formalmente y Lispector regresa a Río de Janeiro. Allí retoma su actividad periodística y se enfoca en escribir la que la crítica considera su obra maestra: La pasión según G.H

 

 

Esta época fue una de las más fértiles creativamente. La escritora brasileña escribía sentirse cada vez más cerca de alcanzar una propia voz. En realidad, a pesar de las complicaciones de adaptarse a su nueva vida, fue un período muy grato en la vida de la autora. Sin embargo, en aquellos años, tiene lugar un evento que marcaría para siempre la vida de Lispector. A mediados de la época de los sesenta, la escritora se encontraba trabajando en un nuevo proyecto y decide quedarse toda la noche escribiendo. Enciende un cigarrillo —vicio que la acompañaría desde muy joven— y debido al cansancio de la escritura se queda dormida en su estudio olvidando apagar el cigarro. El fuego rápidamente se propagó por toda la estancia. Clarice Lispector fue trasladada a un hospital debido a las graves quemaduras que tenía en todo el cuerpo. Se recuperó físicamente, pero las cicatrices que dejó el fuego sobre su cuerpo la deprimirían el resto de sus días. Después del accidente viene un silencio creativo. Al menos en lo que concierne a la publicación operística. Sin embargo, Lispector seguía escribiendo cartas.

Al adentrarnos en la escritura de Clarice Lispector podemos darnos cuenta de inmediato del sitio en el que nos hallamos: un lugar en el que la voz del «yo» adquiere primacía. Pero, no debemos confundirnos, esa voz que se decanta por el «yo» no se cimienta en el egoísmo puro. En realidad el ejercicio escritural de Lispector va siempre más allá de lo aparente. Si queremos conocer su secreto, parece decirnos con sutileza a través de cada una de sus líneas, tenemos que saber escuchar bien cuál es motivación ulterior de las páginas. A la escritora de Brasil le interesa este «yo» en la medida que éste alcance dimensiones corales; en la medida en que este yo sepa unirse a un nosotros narrativo. Le importa conocerse ella misma, con la finalidad de poder conocer y aferrar con mayor impulso la esencia de los otros. Ese «yo», que en realidad es siempre un también «tú» permea a lo largo de toda su obra.

Leer a Clarice Lispector nos invita a sumergirnos en una dimensión personalísima de la escritura. Leer cualquiera de sus libros nos invita a reflexionar sobre nuestro propio papel como espectadores. Acercarse a sus libros invita a imaginar a aquella mujer de origen judío asentada en Brasil el siglo pasado. ¿Cómo sería la vida interior de esta escritora? ¿Verdaderamente su mundo interior era tan vasto? Sí. No podría ser de otra manera. Era una mujer capaz de volcarse llenamente hasta las propias entrañas y trazar ahí dentro nuevas geografías. Los paisajes del Amazonas aparecen en su escritura; pero estos siempre remiten a una dimensión capaz de residir de igual forma en el interior de todos los hombres.

Por eso definir a Lispector es una tarea compleja. No existe etiqueta capaz de sintetizar en breves líneas ese inmenso lugar al que remite su escritura. Merece la pena que cada lector vaya creando su propia opinión en torno a la particular manera en que Lispector escribía, posiblemente el lector pueda apreciar que detrás de las historias de la brasileña existe algo que lo invita a sumergirse en sí mismo.

 

 

Con el afán de que el lector pueda ir creando su propia «experiencia Lispector» comparto un enlace en el que podrá hallar algunos cuentos breves emblemáticos: http://ciudadseva.com/autor/clarice-lispector/

[1] Si al lector le interesa profundizar más en este aspecto que corresponde a la faceta de Lispector como escritora de cartas, puede consultar un libro recientemente editado por el Fondo de Cultura Económica. El libro se titula En estado de viaje.