Textos y Contextos

Que nadie tema a Virginia Woolf

 

El 25 de enero de 1882, en una pequeña ciudad de Inglaterra, nació Virginia Woolf. Creo que todos ­-al menos alguna vez en nuestra vida y sin importar si somos lectores asiduos o no- hemos oído hablar de esta escritora de talla universal. El nombre de la autora suele estar asociado no solamente con al ámbito literario, sino también con lo que concierne a la salud mental.

Adeline Virginia Stephen nació en una familia en la que la cultura literaria siempre fue de vital importancia. Fue hija de un crítico e historiador afamado en aquel tiempo, llamado Leslie Stephen. Los padres de Virginia Woolf contrajeron nupcias en varias ocasiones y de estos matrimonios tuvieron también varios hijos. Debido a esto, en la casa de la familia Stephen convivieron siempre distintas personas, de distintas edades y de distintos temperamentos. Como comentan algunos biógrafos, desde muy joven Virginia Woolf mostró tener un temperamento más bien retraído y solitario.

En el hogar de la familia Stephen, como he mencionado, la cultura jugó un rol esencial en la educación de todos los hijos. A esta casa siempre acudieron, como relata en algunas de sus cartas la propia autora, escritores afamados. A pesar de que la cultura jugaba un papel fundamental en esta familia, Virginia Woolf -como varias mujeres de su tiempo- no acudió propiamente a la escuela. Tomó algunas clases relacionadas al cuidado del hogar (prácticamente era el único tipo de «educación» al que podían acceder las mujeres), pero fue instruida en lo escolar desde casa. Sin embargo, debido al temperamento de Woolf, ella decidió desde muy joven instruirse a través de la literatura universal. En medio de un clima semejante creció la autora de Orlando.

Poco después, cuando Virginia Woolf tenía cerca de doce años, sobrevino la muerte de su madre. Este evento, naturalmente, marcó la vida de la escritora. Si ya desde niña había mostrado tener una sensibilidad profunda para la vida, con la muerte de su madre este temperamento se acentuaría. De esta época, de hecho, provienen las primeras depresiones ante las que la escritora se enfrentaría toda la vida. Este periodo adolescente de Woolf fue una época realmente dolorosa. Durante estos años Woolf se enfrenta no solamente a la muerte de su madre y de su hermana, sino también a la muerte de su padre. Después de la muerte de éste, la escritora debe ser ingresada a una clínica psiquiátrica debido a fuertes crisis depresivas. Pero es dada de alta al poco tiempo, porque algunos médicos consideraron que no se trataba de algo grave, sino de una «crisis propia del temperamento femenino». Sin embargo, como el tiempo y la ciencia indicarían, las crisis y depresiones que aquejaron a lo largo de toda la vida a Woolf, no eran propiamente cuestión de carácter, sino más bien testimonio de un trastorno bipolar. Por supuesto, en aquella época no se hablaba con tanta naturalidad de este trastorno y debido a ello la autora nunca recibió el tratamiento adecuado.

Al poco tiempo de salir de la clínica, Virginia Woolf decide cambiar su vida. Elige -lo cual fue polémico en su tiempo- no solamente mudarse de la casa paterna en compañía de algunos de sus hermanos; sino también dedicarse de lleno a su más grande pasión: la literatura. Se mudan a un barrio londinense llamado Bloomsbury y a partir de este momento Virginia Woolf entra por completo al mundo literario. A este nuevo hogar acudieron los intelectuales más importantes de aquella época. Así como en la casa paterna, el nuevo hogar siempre acogió tertulias y polémicas literarias encarnizadas. En estas épocas Virginia conoce al que sería su esposo: Leonard Woolf, un escritor y economista, partícipe también de estas reuniones culturales de Bloomsbury. Esta pareja fue parte fundamental del panorama editorial de esa época. El matrimonio Woolf fundó su propia editorial, denominada Hogarth Press, la cual no sólo editó los textos de Woolf, sino también las obras de autores como Katherine Mansfield, T.S Eliot, Freud, entre otros.

Virginia Woolf escribió desde muy joven. En realidad desde la infancia comenzó a mostrar un fuerte talento literario. Pero, sobre todo, fue en los años complejos de la adolescencia cuando comenzó a volcarse a la literatura con mayor pasión. Misma pasión que, de hecho, la llevaría a inclinarse por esta profesión durante la juventud. Virginia Woolf fue una autora polémica en su tiempo. No solamente porque escribía acerca de temas que para aquella sociedad victoriana resultaban escandalosos (hay algunos textos, por ejemplo Las Olas, en donde Woolf aborda veladamente una relación homosexual); sino porque ella misma decidió vivir de una manera que para entonces no resultaba «propia de una mujer»: no solamente eligió vivir de la literatura, sino también ejercer su libertad sexual con quien ella considerara adecuado. Debido a esto, cuando en los años setenta su obra fue rescatada en Estados Unidos, se tomaron las obras de Woolf y su vida como un estandarte del feminismo.

Woolf escribió distintas novelas de gran éxito. Pero, al final de su vida, comenzó a probar con otros géneros, tales como la biografía. Sin embargo, los proyectos de este tipo no fueron muy bien recibidos por la crítica y esto afectó su ya de por sí mermada estabilidad emocional. Las crisis depresivas volvieron. La negativa a internarse se intensificó y el 28 de marzo de 1941, luego del estallido de la Segunda Guerra Mundial y la destrucción de su hogar en Londres durante los bombardeos, Virginia Woolf decide suicidarse. La escritora escribió una última carta a su esposo, agradeciéndole la generosidad de su vida. Colocó algunas piedras en sus bolsillos y se ahogó en un río cerca de casa. Su obra permaneció en el olvido durante algunos años, pero -como he mencionado- vuelve a alcanzar notoriedad en los años setentas en Estados Unidos.

Asomarse a la escritura de Woolf es un ejercicio que, sin lugar a dudas, merece la pena. La obra de esta escritora es vasta, así como también los matices por los que la misma atraviesa. Debido a la grandeza de su vida y de su narrativa, algunos consideran que «no es apta para cualquier lector». Sin embargo, dejémonos de prejuicios y miedos en torno a la obra y a la propia personalidad compleja y polémica de Woolf y ofrezcámonos el placer de discurrir por sus libros. No conozco a nadie que salga arrepentido de haberse acercado a la escritura de esta grandísima autora.

Agradecemos la aportación de este texto a su autora Amelia González: egresada de la carrera en Lengua y Literaturas Modernas italianas, UNAM. Apasionada del mundo de los libros. Traductora y revisora de textos, así como también profesora de italiano y de inglés. Apasionada, también, de la lectura de cualquier género literario.

Facebook: Amelia Montserrat Hernández González. Twitter: @AmeliaBacana. Mail: manzanamacondo@gmail.com